En una operación grande el problema rara vez es construir algo nuevo: es cambiar lo que ya está funcionando sin que nadie lo note.
Trabajamos con compañías donde el sistema que vamos a tocar factura todos los días. Eso impone una forma de trabajar: migraciones por fases, convivencia de lo viejo y lo nuevo, y la posibilidad de revertir cualquier despliegue.
No llegamos a proponer reescribirlo todo. Llegamos a entender qué parte está frenando al negocio y a cambiar esa, con una ruta que el área de riesgo pueda aprobar.
Funciona, pero cada cambio es un riesgo y la persona que lo entendía ya no está.
Dos sistemas que deberían hablarse y un equipo que los sincroniza con archivos.
El mismo indicador da distinto según quién lo calcule, y nadie sabe cuál es el bueno.
Hay que demostrar trazabilidad y control de acceso sobre algo que nunca se diseñó para eso.
Queda código sin documentar y un contrato que vence. Hay que retomarlo sin parar la operación.
La factura crece cada mes y nadie puede atribuirla a un cambio concreto.
Dos o tres semanas para saber qué hay, qué frena y qué cuesta arreglarlo.