Una interfaz se juzga con un usuario cansado, con prisa y con el sol de frente. No en una pantalla de presentación.
Trabajamos sobre todo en software operativo: herramientas que alguien usa durante ocho horas para hacer su trabajo. Ahí el diseño no es decoración; es la diferencia entre una tarea de dos clics y una de nueve.
Diseñamos junto al equipo de ingeniería, no antes. Un flujo precioso que el sistema no puede sostener es tiempo perdido para todos.
Antes de dibujar nada nos sentamos a ver cómo se hace hoy el trabajo. La mayor parte de las mejoras aparecen ahí, no en una sesión de ideación.
No prototipamos todo: prototipamos aquello donde una equivocación costaría caro en desarrollo. El resto se resuelve directamente en implementación.
Entregamos componentes y reglas, de modo que la pantalla número cuarenta la pueda armar el equipo sin volver a pedir diseño.
La mayoría de los proyectos que fracasan no fracasan por el código: fracasan porque nadie acordó qué problema se estaba resolviendo.
Ver →La mayoría de las iniciativas de datos mueren en el piloto. Normalmente no por el modelo, sino porque nadie resolvió de dónde salen los datos ni quién mantiene el resultado.
Ver →Construimos sistemas que otra gente va a mantener. Eso cambia cómo se escriben.
Ver →Diagnóstico inicial sin costo. Respondemos con un alcance concreto, con costo y fecha.